domingo, 19 de diciembre de 2010

Color en un día gris

   Hoy, al despertarme, he reparado un momento en mi futuro. Un futuro cercano. No más lejos del mes siguiente, próximo al fin de la Natividad; el día que regresan los Reyes Magos a Oriente, ahí, comenzará mi futuro presente.
   Tras esta reflexión me he asomado a la ventana del salón para despedir a Quique, mi compañero y amigo, que sube al norte a pasar las fiestas con su gran familia. Más de mil quilómetros de carretera le deparan hasta su llegada. Supongo que ha sido la antesala de la despedida final. Despedida con sabor amargo, ya que es duro separarse de alguien con quien has compartido casi cuatro años de tu vida durante día y noche. Pero él, ya montado en su Suzuki Liana, tenía reflejado en su rostro el dulzor, pensando en el reencuentro con los suyos. En ese momento, cuando salía del aparcamiento, saludando con la melodía del son del claxon que, al unísono con sus palabras, se fundía con un "hasta la vuelta, payo", en ese instante, mirando la estela de colorido de los coches aparcados que Quique iba dejando, ahí es cuando me di cuenta de que pueden ser dulces las despedidas aunque tengan final amargo.

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